Como en muchas naciones remotas del Pacífico, el Reino insular de Tonga está conectado al mundo por un solo cable, aproximadamente del ancho de una manguera común, que transporta fibras ópticas delgadas a través de un vasto lecho marino.

Ese único conducto es el medio por el cual Siniva Filise, quien vive en Gales y es parte de la gran diáspora de Tonga, hace diariamente una videollamada con su madre a 16 mil kilómetros

“Es (su madre) como mi alarma, no le importa qué hora es”, dijo Filise. “Simplemente llama”.

Pero durante los últimos cuatro días, el teléfono ha estado en silencio. El cable submarino de Tonga resultó dañado por una gran erupción volcánica el sábado por la noche, y el país ahora enfrenta semanas de oscuridad digital mientras un barco de reparación se prepara para partir desde Papúa Nueva Guinea.

No obstante, se espera que el barco llegue a Tonga hasta después del 1 de febrero, después de un viaje de más de ocho días. Luego realizará la difícil tarea de recuperar del fondo del océano dos secciones del cable dañado y conectarlas con los reemplazos. Todo eso con la siempre presente amenaza de mayor actividad volcánica.

En tanto, las únicas noticias sobre las necesidades inmediatas de Tonga después de la erupción de la semana pasada y el posterior tsunami ha llegado a través de los pocos teléfonos satelitales del país. 

La Cruz Roja dijo el miércoles que los suministros de agua potable se habían visto gravemente afectados por las cenizas y el agua salada, y que dos buques de la Marina de Nueva Zelanda llegarían el viernes con grandes reservas de agua. El principal aeropuerto de Tonga estaba inoperable mientras que equipos trabajaban para quitar las cenizas de una pista.

El martes por la noche, el Gobierno de Tonga ofreció su primera actualización sobre la situación, al informar que había tres muertes y que se estaban realizando evacuaciones desde las islas periféricas, donde varias casas fueron destruidas o dañadas.

El cable submarino que conecta a Tonga con Internet global se puso en marcha en 2013 y se extiende entre la vecina Fiji, que se encuentra a unos 800 kilómetros al noroeste.

Las conexiones de cable en lugares tan poco poblados (Tonga tiene alrededor de 100 mil habitantes) se conocen como rutas estrechas, donde las ganancias rara vez son lo suficientemente altas como para atraer inversores. El Grupo del Banco Mundial y el Banco Asiático de Desarrollo financiaron el cable de Tonga.

En los lechos de los océanos de la Tierra hay más de 430 cables como el que sirve a Tonga y cubren más de 1.6 millones de kilómetros. Básicamente se trata de plomería de internet, y como tal, puede haber roturas.

Unos minutos después de la explosión volcánica del sábado por la noche, hubo una caída en el tráfico de Internet a Tonga. Un poco más de una hora después, la conexión se apagó por completo, dijo Doug Madory, director de análisis de Internet en Kentik, una empresa de monitoreo de redes.

“Creo que ese es el momento en que algo llegó al cable”, dijo Madory.

Al día siguiente, el cable entró en lo que se conoce como modo de alimentación de un solo extremo. Es decir que la conexión solo estaba siendo alimentada desde el lado de Fiji, pero no desde Tonga, explicó Craige Sloots, vocero de Southern Cross Cable Network, que es parte del equipo encargado de reparar la conexión.

Así sería la maniobra

Los analistas identificaron una ruptura tanto en la sección internacional del cable de Tonga, que se produjo a unos 37 kilómetros de la costa de su capital, Nuku’alofa, como en la red interna de las islas. Se cree que la causa es un deslizamiento de tierra o un movimiento en el fondo del mar, detalló Sloots en un correo electrónico.

Bajo cualquier circunstancia, arreglar esta tubería de Internet es un trabajo complicado. Si se le agregan las complicaciones de un volcán activo y los efectos de la pandemia de Covid-19, es aún más desafiante, según los expertos.

“Uno de los temas clave es que hay muy pocas embarcaciones que estén equipadas para desplegar y reparar cables submarinos”.

Amanda Watson, investigadora del Departamento de Asuntos del Pacífico de la Universidad Nacional de Australia.

Uno de los barcos de Subcom, la empresa que realizará las reparaciones.

Las reparaciones pueden costar cientos de miles de dólares, con cargos diarios de entre 35 mil y 50 mil dólares por el barco encargado de hacer el trabajo, el CS Reliance. SubCom, la empresa responsable de la reparación, ha estimado que tomará al menos cuatro semanas restablecer la conexión, según el Ministerio de Relaciones Exteriores de Nueva Zelanda.

El trabajo en cada ruptura del cable comenzará arrastrando una especie de ancla con varios ganchos a lo largo del fondo del océano para encontrar los extremos rotos de la línea, que pueden encontrarse separados por varios kilómetros.

Luego, se izarán los dos extremos a bordo del enorme barco de más de 130 metros de largo. Finalmente, en una sala especial en el buque, deberán cortarse las partes dañadas y se unirán con un cable de repuesto.

Podría requerirse de hasta 50 personas a bordo para ayudar en la reparación, indicó Dean Veverka, director del Comité Internacional de Protección de Cables, una organización sin fines de lucro con sede en Reino Unido.

“Es toda una tarea recuperar el cable hasta el barco”, dijo.

Mientras el buque se preparaba para salir de Papúa Nueva Guinea, el volcán Hunga-Tonga-Hunga-Ha’apai, que explotó el sábado por la noche en lo que se cree es la erupción más grande del mundo en tres décadas, seguía retumbando.

Sin equipos de monitoreo cerca, los vulcanólogos dependen de las observaciones a nivel de suelo y de las imágenes satelitales para tratar de predecir los movimientos su actividad.

Y las nubes de ceniza que oscurecen la isla que alberga el volcán submarino, a unos 64 kilómetros de la capital de Tonga, dificultan aún más su labor.

Tonga se encuentra al oeste de una de las fosas oceánicas más profundas del mundo, donde la placa del Pacífico se sumerge bajo las de Kermadec y Tonga. La tasa de colisión entre las placas es extremadamente alta, lo que da lugar a una cadena de unos 30 volcanes, entre los que está el Hunga-Tonga-Hunga-Ha’apai.

Los posibles escenarios van desde la calma del volcán hasta sucesivas erupciones, que podrían desencadenar más tsunamis.

Todo esto es muy especulativo, porque no tenemos sismómetros cerca. Gran parte de nuestro conocimiento sobre la actividad volcánica es reaccionario: no tenemos ninguna capacidad de pronóstico, no hay estaciones sísmicas trabajando ahí y no tenemos ningún otro tipo de instrumentación. Es muy frustrante”.

Shane Cronin, profesor de Ciencias de la Tierra en la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda.

Mientras tanto, la repentina atención que ha ganado el Pacífico Sur, a menudo pasado por alto, ha hecho pensar sobre su lejanía y los desafíos que conlleva.

“Ha sido un proceso útil tratar de resaltar los problemas prácticos en términos de infraestructura de comunicaciones en la región”, reflexionó Watson, de la Universidad Nacional de Australia.

Y para aquellos que esperan ansiosamente el sonido familiar de un mensaje de WhatsApp, la distancia es más evidente que nunca.

“Estoy segura de que estoy igual que todos los tonganos del mundo”, dijo Filise, quien quiere saber de su madre. “Solo esperando y esperando noticias”.