SOBRE EL POETA

Eduardo Lizalde, nacido en la Ciudad de México, fue un lector precoz que a los 6 años ya leía novelas de Salgari, Verne y Kipling. A los 11 comenzaría a interesarse por la poesía, aprendiendo métrica y urdiendo sus primeros poemas; recitaba de memoria versos de Rubén Darío, de Antonio Machado y Amado Nervo.

Se formó en filosofía y literatura en la UNAM, aunque también pasó por la Escuela Superior de Música del INBA. Estudió canto y composición en la escuela nocturna del Conservatorio Nacional, y fue profesor de literatura española, mexicana y latinoamericana en la Máxima Casa de Estudios.

VOZ POÉTICA

Retrato hablado de la fiera*

Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.

Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.

*El tigre en la casa (1970)


3

Lo he leído, pienso, lo imagino;
existió el amor en otro tiempo
Será sin valor mi testimonio.

Rubén Bonifaz Nuño

Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
Y mismamente recuerdo
que el amor era una fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.
Recuerdo bien que los perros
se asustaban de verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor
—como si lo estuviera viendo—.
Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos
grandes y magros ríos,
y los árboles —aun no siendo frutales—
daban por dentro resentidos frutos amargos.
Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.

4

Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses;
que se pierda
tanto increíble amor.
Que nada quede, amigos,
de esos mares de amor,
de estas verduras pobres de las eras
que las vacas devoran
lamiendo el otro lado del césped,
lanzando a nuestros pastos
las manadas de hidras y langostas
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,
el mismo océano, salado como arenque,
hirvieran.
Que tanto y tanto amor
y tanto vuelo entre unos cuerpos
al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,
una bala pequeña,
un perdigón inocuo para un pato,
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa
se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto,
tanto imposible amor inexpresable,
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves
antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,
niños, animales domésticos, señores,
lo que duele.

8

Oigo al tigre rascar.
Sonríe malignamente
y se agrietan los muros
—algún demonio hirviente
ha inundado su cuerpo
con pulgas de vitriolo—.

Es bestia fiel este rayado azote,
O mon cher Belzebuth, je t’adore:
resguarda bien la casa,
pero la cuida sólo
para que nadie salga.

Reloj de furia el tigre
se desgarra a sí mismo
cuando está solo demasiado tiempo,
y la materia de su vista
no es la luz
sino la sangre.

9

Duerme el tigre.
La sangre de este sueño,
gotea.
Moja la piel dormida del tigre real.
La carne entre las muelas
requeriría mil años de masticación.

Despierta hambriento.
Me mira.
Le parezco sin duda un insecto insaboro,
y vuelve al cielo entrañable
de su rojo sueño.

10

Tigre atrapado en la vitrina,
gime el mar
detrás de la ventana
Se contonea y maldice y ruge
y se destroza contra los cristales,
sangra cuchillos al herirse
y grita y muge y silba y hace gárgaras.
Envuelve y cañonea con su ronquido,
tira zarpazos blancos,
y teje los mejores encajes pasajeros.
Se pone intolerable, aúlla, trota,
marcha, empuja, cae, destruye,
pero no le abrimos.

Más tarde,
cuando el sueño de ella
es como el pozo más profundo,
cuando sueña y me olvida,
abro la puerta
y miro cómo
la desgarra el mar.

11

POBRE DESDÉMONA

 Oh, si las flores duermen,
que dulcísimo sueño
Bécquer (naturalmente)


La espalda de esta luz
son esos sueños tuyos, amada,
que duelen al soñarse
y que hacen florecer las prímulas
y azahares en tus flancos.

Y caen del lecho moras
de grueso jugo, cuando sueñas;
y zarzarrosas crecen
bajo el cojín de pluma;
y tiernos gansos pican,
bajo el tálamo, hierbas prodigiosas
del sueño enternecido.

Despiertas luego: me miras,
descubres en mis ojos la muerte;
ves en mi mano flores
arrancadas al sueño que soñabas
y se deshacen lentas,
como el mundo del sueño
que pasa a la vigilia,
como el flotante polen del jardín distraído
hacia los muladares.

Los pelos de la burra
en esta mano
que ha de cortar tu vida.

Vuelve a dormir, te digo,
en un dormir sin sueño
y sin campánulas.

Las flores se diluyen plenamente;
vuelven a ser remate de las telas.
Los gansos vuelan torpes hacia el azul del techo.

Las moras son tranquilas manchas
de sangre remolida
que el tigre deja ahora
al balancear su hocico.
Y ya no existe el sueño.

12

EL CEPO

Vacía la trampa de oro,
sobredorada —el oro sobre el oro—,
de esperar inútilmente al tigre.
Oro en el oro, el tigre.
Incrustación de carne en furia, el tigre.
Mina de horror. Llaga fosforescente
que atraviesa la sangre
como el pez o la flecha.
Rastro de sol.
La selva se ilumina, abre sus ojos
para ver pasar la luz del tigre.
Y a su paso, Midas, las hojas, ojos
flores desprevenidas, crótalos dormidos,
ramas a punto de nacer,
libélulas doradas de por sí,
gemidos de cachorros,
se doran, se platinan.

Y el tigre pasa, frente a la trampa absorta,
amada,
y la trampa lo mira, dorándose, pasar;
la fiera huele acaso
la insolente carnada convertida en rubí,
lame sus brillos secos de aparente jugo,
pisa en vano el aterido resorte de cristal o nácar
del cepo inerme ahora.

Escapa el tigre
y la trampa se queda
como la boca de oro
de niño frente al mar.

II Grande es el odio

1

Grande y dorado, amigos, es el odio.
Todo lo grande y lo dorado
viene del odio.
El tiempo es odio.


Dicen que Dios se odiaba en acto,
que se odiaba con fuerza
de los infinitos leones azules
del cosmos;
que se odiaba
para existir.

Nacen del odio, mundos,
óleos perfectísimos, revoluciones,
tabacos excelentes.

Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,
dentro del sueño de alguien que nos ama,
ya vivimos el odio perfecto.

Nadie vacila, como en el amor,
a la hora del odio.

El odio es la sola prueba indudable
de la existencia.

2

Y el miedo es una cosa grande como el odio.
El miedo hace existir a la tarántula,
la vuelve cosa digna de respeto,
la embellece en su desgracia,
rasura sus horrores.

Qué sería de la tarántula, pobre,
flor zoológica y triste,
si no pudiera ser ese tremendo
surtidor de miedo,
ese puño cortado
de un simio negro que enloquece de amor.

La tarántula, oh Bécquer,
que vive enamorada
de una tensa magnolia.
Dicen que mata a veces,
que descarga sus iras en conejos dormidos.
Es cierto,
pero muerde y descarga sus tinturas internas
contra otro,
porque no alcanza a morder sus propios miembros,
y le parece que el cuerpo del que pasa,
el que amaría si lo supiera,
es el suyo.

4

Aunque alguien crea que el terror
no es sino el calcetín de la ternura
vuelto al revés,
sus pastos no son esos.
No están ahí los comederos
del terror.
La ternura no existe sino para Onán.
Y nadie es misericordioso
sino consigo mismo.
Nadie es tierno, ni bueno,
ni grandioso en el amor
más que para sus vísceras.
La perra sueña que da su amor al niño,
Goza amamantándolo.
Reino es la soledad de todas las ternuras.
Sólo el terror despierta a los amantes.

"Es una figura fascinante desde los tiempos bíblicos hasta la etapa actual y no creo que haya un escritor que omita mencionar al tigre. El tigre es la imagen de la muerte, de la destrucción y, además, de la belleza; es solamente un instrumento metafórico".

Eduardo Lizalde, poeta

OBRA ZOOLÓGICA

Pero no solo convoca en su obra al tigre, sino también otros animales, desde víboras, tarántulas y leopardos, hasta paquidermos, linces y alabastros.

CAZA MAYOR*
El lobo grande ha envejecido. Es ciego.
Come ahora restos miserables,
bazofia desechada
por los más cobardes y mezquinos milanos,
por los cerdos volátiles
y los rapaces rastreros.
Duerme apenas, temeroso de sus enemigos.
Lo hostigan los coyotes
y lo ofenden las liebres carroñeras,
doblemente veloces en la sombra.
Sólo se acerca al bebedero cuando duerme
el caimán.
Come hierba y roe troncos amargos
y vuelve a su agujero lanzando dentelladas
de loco.
Su corazón se ha congelado
pero él sueña en la luz de unos filetes
de venado a la inglesa.

*Caza Mayor (1979, fragmento)

TORTUGA

Para Enrique David y su mascota

Otro pequeño monstruo
de enternecedora mansedumbre.
Durante meses inmóvil en su escasa pileta
purga alguna condena decretada dos mil siglos atrás
contra voraces parientes del aire y de la tierra.
Mira pasar milenios de su especie
desde el alféizar óseo de su caparazón
casa, cárcel, camisa y artefacto;
una caja de laúd construida para el silencio
por torturadores enfermos y expeditos.

Me pregunto si bastan para su alimento
esas migajas, ese mísero trozo de lechuga
que le arrojan a veces.
Me pregunto si sufre, sumergida en la eterna,
en la pasmosa mudez que la rodea.
Un puño verdinegro de dolor,
gorda llaga viviente
del más inerme y lento de los seres del mundo.
A lo mejor un alma que agitada transita
por ese corpachón deforme,
un moretón desordenado
por el poderoso, combo silencio de su aullido.

Angustioso misterio.
Una tierna criatura ahí atrapada
como un niño de pecho sordomudo
que un mal desconocido rompe por dentro.
No lo sabemos.
La vieja solitaria, inmóvil e inmortal,
sólo desova, sin razón y a destiempo
-como apercibida para soportar veinte mil años
el cepo que la envuelve-,
grandes huevos estériles,
su único lenguaje,
un simple signo de vida imaginaria,
de mortal consistencia,
de orgánica tarea.

PROLÍFICA GARRA

“El Tigre” fue un autor prolífico. Algunas de sus obras son:

  • La mala hora (1956)
  • Cada cosa es Babel (1966)
  • El tigre en la casa (1970)
  • La zorra enferma (1974)
  • Caza mayor (1979)
  • Memoria del tigre (1983)
  • Tabernarios y eróticos (1988)
  • Rosas (1994)
  • Otros tigres (1995)

EPITAFIO
Lizalde escribió,

Sólo dos cosas quiero, amigos,
una: morir,
y dos: que nadie me recuerde
sino por todo aquello que olvidé.